Un nombre con sabor español

Al entrar en la ciudad nos llama la atención una escultura de piedra en forma de toro, construida de una sola pieza. Parece una imagen moderna, de estilo abstracto realizada por cualquier escultor contemporáneo; sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Se trata de una escultura del S. II a. C. que de forma esquemática representa a un toro desprovisto de patas, con la cabeza toscamente labrada y sin cuernos que encierra una leyenda.

Parece ser que cuando los romanos, después de varios meses de asedio, consiguieron conquistar la ciudad, descubrieron entre sus escombros esta mole de piedra y exclamaron: ¡Tauro!, que significa toro.

Según muchos historiadores se trata de una obra de arte realizada por los aborígenes que poblaron la región antes de la llegada de los romanos. Para estos pueblos, el toro era un animal sagrado que simbolizaba la fertilidad, al representar a un toro “padre”.

También colocaban estas esculturas en los campos para atraer a la lluvia y con ella la prosperidad e incluso el jefe de la tribu se sentaba en él como si fuera un trono para administrar justicia.

El nombre de Toro ha llegado hasta nuestros días y los habitantes de la ciudad se sienten orgullosos de que su ciudad lleve un nombre con sabor español, símbolo de nobleza, fuerza y energía. Un animal sagrado que se identifica con todo un país.